«Transitus Mariae» según san Modesto de Jerusalén

«Hoy el tabernáculo espiritual que engendró y llevó según la carne, de modo admirable al Dios y Señor de los cielos y tierra, es exaltado y hecho sentar al lado de aquel que le concede ser incorrupta con él para siempre.»

San Modesto de Jerusalén

Por: Francisco Ontiveros

Redimida de modo sublime

La Bienaventurada Virgen María, madre de Dios y madre nuestra, participó en el misterio de la redención por que así lo ha querido Dios, bondadosísimo y sapientísimo, el cual, queriendo realizar la redención del mundo envió a su Hijo, nacido de una mujer (cfr. Gal 4,4-5). Ella, desde el primer anuncio del ángel, acogió con temor y temblor reverente, en todo su ser al Redentor. Por esta razón fue redimida del modo más sublime, en atención a los futuros méritos de su Hijo, a quien se mantiene unida con un vínculo estrecho e indisoluble, que la enriquece con la suma prerrogativa y dignidad: ser la madre de Dios Hijo y, por tanto, la Hija predilecta del Padre y sagrario del Espíritu Santo1 . Así pues, la Iglesia no duda en reconocer que ha sido Dios quien ha querido distinguir a la santísima virgen María con la enorme dignidad de ser la Madre del Verbo encarnado, causa de la que dependen todas las gracias con las que el eterno Padre la ha distinguido. De este modo, reconocemos que María ha sido librada de la corrupción a consecuencia de la muerte porque toda ella es llena de gracia, limpia de pecado. La corrupción del cuerpo es consecuencia de la muerte y la muerte es consecuencia del pecado (cfr. Rom 6,23). Por todo esto, ella se encuentra ya en los cielos en cuerpo y alma, Dios la ha llenado de todas las gracias. Así lo afirma el Papa Pío IX, cuando sostiene: «la Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente».

Modesto abad de san Teodosio

San Modesto de Jerusalén fue abad del monasterio de san Teodosio, cerca de Jerusalén, en los tiempos en los que esta ciudad fue destruida a causa de la invasión de los persas, en el 614. Luego de la victoria del emperador Heraclio, Modesto encabezó una doble restauración, por un lado, la restauración material de la ciudad, y por el otro, la restauración espiritual de la fe cristiana. Unos años después, en el 630, fue elegido obispo de la ciudad, cargo que desempeñó solamente cuatro años, pues murió mientras buscaba ayuda para sus fieles en el 634. 

Fiesta de la muerte de María

Luego del concilio de Éfeso comenzaron a multiplicarse relatos sobre la Dormición de María. Sin embargo, en varias localidades de la Iglesia de Oriente comenzó a celebrarse la fiesta de la muerte de María. Fue en el siglo IV cuando esta celebración se centró en la Basílica de santa María, en Jerusalén, lugar en el que se encuentra su sepulcro. La fiesta con el nombre de Dormición fue instituida por el emperador Mauricio en todo el Oriente, y se le fijó la fecha de 15 de agosto. Al tiempo que comenzó a formarse, alrededor del sepulcro de María, la tradición de las curaciones milagrosas, de las que dan cuenta las homilías de san Modesto. 

Homilía de la Dormición de nuestra SS. Señora

Algunos signos de la Homilía de Modesto de Jerusalén, nos hacen pensar que es la primera homilía a este respecto que se conoce, o al menos, una de las primeras, que se escriben sobre este tema. Modesto sostiene que María deja este mundo para encaminarse hacia donde está la Trinidad misma, por eso afirma: «¡Oh hermanos amantes de Cristo!, aquella que engendró para todos la vida, hoy parte hacia aquella vida nacida del Padre antes de los siglos, a la vida que es Dios, el Dios Verbo, al cual ella engendró en la carne… María emigró a esa luz verdadera y subsistente que es resplandor de la gloria del Dios y Padre». Es clarísima la conciencia que tiene Modesto de la subordinación de María a la Trinidad, pues ella llega a la gloria en la que se encuentra Dios. En esta afirmación de Modesto, resplandece la seguridad de que María, madre de la vida que es Cristo, al final de sus días, una vez cumplida su misión se encamina a la vida eterna, a la Gloria que es Dios. Fue elevada, pues, fue elevada hasta el Señor de la gloria, aquella nube brillantísima que lo llevó en su seno y que hizo fulgurar en su cuerpo la perfecta divinidad del Hijo, y que hizo llover de parte de él todos los bienes y dones sobre todo cuanto está bajo el cielo. Respecto del lugar al que es llevada María, Modesto lo explica de manera bellísima, al utilizar la noble imagen nupcial, cuando sostiene: «Entró en el tálamo celestial la que fue hecha esposa gloriosísima de la unidad según la hipóstasis de las naturalezas de Cristo, el verdadero esposo celeste… Fue trasladada a la Jerusalén de arriba la cámara nupcial espiritual y sin mancha de la que salió el rey de los siglos. Así pues, María, como Cristo y los cristianos, una vez terminado el curso de su vida, llega a su patria definitiva. Habiendo recorrido bien el curso de su vida, la nave espiritual, portadora de Dios, se encamina a su tranquilo puerto y piloto de todas las cosas, el cual por ella ha salvado y vivificado al género humano. Y, así como ella le concedió la carne al Verbo para que se encarnara, así el Verbo le concedió a ella un cuerpo glorioso e incorruptible. Porque de esta siempre virgen el Cristo Dios se revistió una carne animada y racional, por obra del Espíritu Santo, la llamó a que revistiese un cuerpo incorruptible y la glorificó sobre toda gloria, para que, siendo su Madre toda santa, fuese también su heredera, según canta el salmista, la reina está colocada a tu diestra, con un vestido esplendente de bordados (Sal 45 [44], 10).» Por último, afirma Modesto: «Hoy el tabernáculo espiritual que engendró y llevó según la carne, de modo admirable al Dios y Señor de los cielos y tierra, es exaltado y hecho sentar al lado de aquel que le concede ser incorrupta con él para siempre.»

[Fuente: Corazón de Pastor Nº 19 (Agosto 2021), Revista Digital Mensual, 27-29]

2 Comentarios

  1. Saludos, es muy cierto y de alabar, que Dios no permitió su corrupción de cuerpo, el haber sido el Tabernáculo, en donde Dios preparo, estuviera su Hijo. Gloria a Dios. Amén.

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