María dijo: «Mi alma glorifica al Señor» y ella fue exaltada por Dios

«Y, de nuevo, se presentó el  Señor, de repente, y mandó que el santo cuerpo fuera levantado y llevado al paraíso sobre una nube. Allí, reunido con su alma, se llena de gozo con los elegidos de Dios y disfruta de las bendiciones de la eternidad, que nunca terminarán…»

San Gregorio de Tours

Textos y testimonios patrísticos sobre la asunción de la Virgen

Uno de los testimonios más antiguos de la fe en la Asunción de la Virgen lo encontramos en el relato apócrifo: Transitus Mariae, cuyos orígenes se remonta a los siglos II-III, los cuales, siendo representaciones populares, reflejan a su vez la intuición de fe del Pueblo de Dios.

Tránsito de la Virgen, Andrea Mantegna, 1462

En torno al 363 d.C., Dionisio el Egipcio escribió a Tito, Obispo de Creta, una carta que se constituye en un documento histórico importantísimo para conocer la fe de la Iglesia de Jerusalén y de Creta en torno a la Asunción de la Santa Madre de Dios, publicada en alemán en 1887, por el Dr. Weter:

«Debes saber, ¡oh noble Tito!, según tus sentimientos fraternales, que al tiempo en que María debía pasar de este mundo al otro, es a saber a la Jerusalén Celestial, para no volver jamás, conforme a los deseos y vivas aspiraciones del hombre interior, y entrar en las tiendas de la Jerusalén superior, entonces, según el aviso recibido de las alturas de la gran luz, en conformidad con la santa voluntad del orden divino, las turbas de los santos Apóstoles se juntaron en un abrir y cerrar de ojos, de todos los puntos en que tenían la misión de predicar el Evangelio. Súbitamente se encontraron reunidos alrededor del cuerpo todo glorioso y virginal. Allí figuraron como doce rayos luminosos del Colegio Apostólico. Y mientras los fieles permanecían alrededor, Ella se despidió de todos, la augusta (Virgen) que, arrastrada por el ardor de sus deseos, elevó a la vez que sus plegarias, sus manos todas santas y puras hacia Dios, dirigiendo sus miradas, acompañadas de vehementes suspiros y aspiraciones a la luz, hacia Aquél que nació de su seno, Nuestro Señor, su Hijo. Ella entregó su alma toda santa, semejante a las esencias de buen olor y la encomendó en las manos del Señor. Así es como, adornada de gracias, fue elevada a la región de los Ángeles, y enviada a la vida inmutable del mundo sobrenatural. Al punto, en medio de gemidos mezclados de llantos y lágrimas, en medio de la alegría inefable y llena de esperanza que se apoderó de los Apóstoles y de todos los fieles presentes, se dispuso piadosamente, tal y como convenía hacerlo con la difunta, el cuerpo que en vida fue elevado sobre toda ley de la naturaleza, el cuerpo que recibió a Dios, el cuerpo espiritualizado, y se le adornó con flores en medio de cantos instructivos y de discursos brillantes y piadosos, como las circunstancias lo exigían. Los Apóstoles inflamados enteramente en amor de Dios, y en cierto modo, arrebatados en éxtasis, lo cargaron cuidadosamente sobre sus brazos, como a la Madre de la Luz, según la orden de las alturas del Salvador de todos. Lo depositaron en el lugar destinado para la sepultura, en el lugar llamado Getsemaní.»

«Durante tres días seguidos, ellos oyeron sobre aquel lugar los aires armoniosos de la salmodia, ejecutada por voces angélicas, que extasiaban a los que las escuchaban; después nada más. Eso supuesto para confirmación de lo que había sucedido, ocurrió que faltaba uno de los santos Apóstoles al tiempo de su reunión. Este llegó más tarde y obligó a los Apóstoles que le enseñasen de una manera palpable y al descubierto el precioso tesoro, es decir, el mismo cuerpo que encerró al Señor. Ellos se vieron, por consiguiente, obligados a satisfacer el ardiente deseo de su hermano. Pero cuando abrieron el sepulcro que había contenido el cuerpo sagrado, lo encontraron vacío y sin los restos mortales. Aunque tristes y desconsolados, pudieron comprender que, después de terminados los cantos celestiales, había sido arrebatado el santo cuerpo por las potestades etéreas, después de estar preparado sobrenaturalmente para la mansión celestial de la luz y de la gloria oculto a este mundo visible y carnal, en Jesucristo Nuestro Señor, a quien sea gloria y honor por los siglos de los siglos. Amén.»

LA ENSEÑANZA DE LOS PADRES DE LA IGLESIA

En SAN EFRÉN EL SIRIO Encontramos una enseñanza indirecta la asunción de María: «Entre todos los descendientes de David, escogistes una humilde doncella, hija de la Tierra, y la introdujiste en cielo, tú que del cielo vienes» [Ed Assem syr 2,415].

Posteriormente TIMOTEO DE JERUSALÉN nos aporta lo que quizá sea el primer testimonio explícito de la asunción de la Virgen: 

«Y tu misma alma traspasada con una espada de aquí algunos opinaron que la Madre del Señor, muerta a espada acabó con fin martirial por decir Simeón: tú misma alma traspasara una espada , mas no es así, porque la espada de bronce traspasa el cuerpo, no separa el alma, por donde también la Virgen es hasta el presente inmortal habiéndola el Señor que moro en ella trasladado a los parajes celestiales» [MG 86,245].

San Gregorio de Tours

SAN GREGORIO DE TOURS, describe en su obra Ocho de los milagros, el misterio de la asunción con estas palabras: «Los apóstoles se repartieron por diferentes países  para predicar la palabra de Dios. Más tarde, la bienaventurada  María llegó al fin de su vida y fue llamada a salir  de este mundo. Entonces, todos los apóstoles vinieron a  reunirse en la casa de María y, al saber que debía salir de  este mundo, permanecieron todos juntos velando. De repente,  el Señor apareció con sus ángeles, cogió su alma, se  la entregó a Miguel, el arcángel, y desapareció. Al amanecer,  los apóstoles tomaron el cuerpo, lo pusieron sobre una  camilla y lo colocaron en una tumba, velándolo mientras  esperaban la venida del Señor. Y, de nuevo, se presentó el  Señor, de repente, y mandó que el santo cuerpo fuera levantado y llevado al paraíso sobre una nube. Allí, reunido con su alma, se llena de gozo con los elegidos de Dios y disfruta de las bendiciones de la eternidad, que nunca terminarán.» [JUR, III: 306 ]

SAN MODESTO DE JERUSALEM, en su Encomium in dormitionnem Sanctissimae Dominae nostrae Deiparae semperque Virginis Mariae, refiere la misteriosa exaltación de la virgen por Jesús su Hijo: «Como la Madre más gloriosa de Cristo, nuestro Salvador y Dios y el dador de la vida y la inmortalidad, se ha dotado a la vida por él, que ha recibido una incorruptibilidad eterna del cuerpo, junto con él que ha levantaron de la tumba y la ha llevado hasta a sí mismo de un modo conocido sólo por él.» [PG 86-II,3306]

THEOTEKNOS DE LIVIAS, en su Homilía en la Asunción, refiere con gran profundidad de este misterio: «Era conveniente que su cuerpo santísimo, que había llevado y contenido dentro de sí a Dios, cuerpo divinizado, incorruptible, iluminado por la luz divina y lleno de gloria, fuese transportado por los apóstoles en compañía de los ángeles, y puesto por poco tiempo en la tierra, fuese alzado gloriosamente al cielo, junto con su alma agradable a Dios.».

SAN GERMAN DE CONSTANTINOPLA, basado en el principio de conveniencia argumenta en la necesidad de la asunción, era imposible que el templo de la divinidad del Unigénito fuera corrompido en la tumba: «Tú eres bella y tu cuerpo virginal es totalmente santo, casto, morada de Dios. Por este motivo está exento de la disolución en el polvo. Como cuerpo humano fue transformado hasta la vida excelsa de la incorruptibilidad. Está vivo; es superglorioso, lleno de vida e inmortal» [PG 98, 345].

3 Comentarios

  1. Saludos, ahí esta la importancia de los Padres de la Iglesia, en la enseñanza sobre Nuestra Santísima-Madre-María. Aquí esta la aportación e información catequética para aprender, conocer y valorar, nuestra Fe, cada día de nuestras vidas. Amén.

    1. Gracias por tu comentario… Conocer, hoy en día, el gran tesoro de los Padres De la Iglesia, es conocer no solo las raíces profundas de nuestra fe, sino los cimientos sobre los cuales se edifica la Iglesia…

      1. Concuerdo contigo, es vital, le enseñanza de los Padres De la Iglesia, como lo indicaba San cardenal John H Newman y lo enfatizaba. Por tanto, debemos ser ecos de la enseñanza de nuestra Fe, la cual debemos defender de las acechanzas de los enemigos de nuestra Fe.

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