«El dolor del Miércoles Santo… ¿Más doloroso que el viernes?: Una traición de no olvidar»

Cuando este pasaje fue leído, ¡Se levantaron tales gritos y gemidos en el pueblo, que no hay quien pudiera resistir a las lágrimas en ese momento!

[Itinerarium Aetheriae 34]

Gracias al testimonio de Eteria, conservamos una rica descripción de los días santos en la Jerusalén del siglo IV y, gracias a ella, sabemos del énfasis que tuvo en los primeros cristianos  el  doloroso recordatorio del Miércoles Santo: la traición de Judas Iscariote.

Eteria fue una ilustre escritora del siglo IV, dama prestigiosa que se dejó cautivar por Jesús, a quien consagró su vida, optando por la vida ascética como «virgen consagrada», que aunque san Valerio la llama Beatíssima Sanctimonialis, designado para las religiosas de vida comunitaria, muy posiblemente no mantenía las exigencias de un estilo de vida en común; pues en su mismo diario describe tanto sus recorridos por Tierra Santa, como sus proyectos de nuevas salidas. Fue una mujer de la que bien podemos nombrar entre las «Madres de la Iglesia», que a la par de los «Padres de la Iglesia» nos legaron en sus escritos valiosos tesoros de la vida cristiana antigua.

Así nos describe la memoria del Miércoles Santo:

«Toda la feria cuarta, es decir del Miércoles Santo, se desarrolla desde el primer canto del gallo, tal como el lunes y el martes. A la noche, después de haber hecho la despedida en el Martyrium, y habiendo acompañado al obispo con himnos hasta la Anástasis, este entra en seguida en la gruta de la Anástasis y permanece de pie detrás de los canceles; mientras un sacerdote de pie delante de los canceles, toma el Evangelio y lee el pasaje en el que Judas Iscariote se dirigió al encuentro de los judíos y fijó lo que le darían por entregar al Señor [Mt 26,14]. Cuando este pasaje fue leído, ¡Se levantaron tales gritos y gemidos en el pueblo, que no hay quien pudiera resistir a las lágrimas en ese momento! Después se hizo una oración, se bendijo a los catecúmenos y a los fieles y se realizó la despedida.» [Del Itinerario de Eteria (o Egeria) 34: CSEL 39]

Fue tan grande el impacto del dolor del miércoles santo y la traición de Judas, para los primeros cristianos, que desde la segunda mitad del siglo I, la misma comunidad cristiana dedicó dos días de ayuno semanal: los miércoles y los viernes. Así lo testimonia un escrito muy cercano a los libros del Nuevo Testamento, la Didajé o Didaké: «Los ayunos de ustedes, sin embargo, no sean con los hipócritas: los que ayunan el segundo y el quinto día después del sábado. Ustedes, en cambio, ayunen el cuarto día [Miércoles] y el viernes.» [Didajé VIII,1]

Todos los viernes, se guardaba un ayuno penitencial, un gesto de unión espiritual al misterio de la Pasión y muerte de Jesús; los miércoles, en cambio, un ayuno de dolor e indignación ante la traición de Judas; un ayuno convertido en invitación a la fidelidad a Cristo, a fin de permanecer vigilantes y no volver a repetir ningún acto de traición contra el maestro. El Miércoles Santo es un día triste y negro, donde la oscuridad, como la describe Juan diciendo: «era de noche» [Jn 13,30], pesa sobre el mundo; es el día de la gran crisis del discipulado, que contrasta con la fidelidad del discípulo amado.

Actualmente, a propósito del ayuno, llama la atención que, unida a la determinación canónica de considerar penitenciales, exceptuando las solemnidades, y por tanto días de abstinencia todos los viernes del año, sólo nos quedó la invitación a guardar dos días de ayuno anuales: el Miércoles de ceniza y el Viernes Santo. ¿Habremos acaso perdido la sensibilidad al dolor de la Pasión o la indignación ante tan grande traición?

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