Santa Águeda [Ágata]: «Aunque soy de familia noble y rica, mi alegría es ser sierva y esclava de Jesucristo»

«El gobernador replica: “¿Aún pronuncias el nombre de tu Cristo?” Y responde Águeda: “No puedo callar el nombre de Aquel que estoy invocando dentro de mi corazón”.»

Fuentes de su vida y martirio

La veneración de la iglesia a Santa Águeda, desde los primeros siglos del cristianismo es el testimonio histórico más fuerte de su martirio, conservado fielmente en la piedad de la comunidad; entre algunos testimonios escritos está el Martyrologium Hieronymianum y el Martyrologium Carthaginiense, del siglo V o VI, que la recuerdan el 5 de febrero. Venantius Fortunatus, en su poema De Virginitate, la menciona como una virgen y mártir celebrada entre otras, también hay un poema atribuido a san Dámaso, Papa, usado en la celebración de la santa, estos y los centros de culto en su honor son los testimonios más antiguos que se conservan, además de las Actas del martirio de santa Ágata en versión latina y griega que provienen del siglo VI.

Teniéndolo todo, todo lo entrega a Jesucristo

Las narraciones de su vida y martirio la describen como una mujer muy bella. Nació hacia el 230 en el seno de una familia rica y distinguida de Catania, tenía todo lo que una mujer de su tiempo podía anhelar, belleza y estabilidad material que supo secundar al conocer a Jesucristo, su Señor, a quien entregó su vida y su virginidad desde su juventud, por un acto de amor y consagración para siempre,  como lo hicieron otras santas mujeres, haciendo a un lado las promesas o propuestas de sus pretendientes y admiradores, situación que le llevaría al martirio en la persecución de Decio, el cual buscaba extirpar la fe y conseguir más apóstatas que mártires;  mediante halagos y sobornos trató de convencer a los cristianos a renunciar a su fe, al no lograrlo recurría al destierro, a la confiscación de bienes, a tormentos, o incluso a la pena de muerte, con razón Lactancio le llama «execrable animal»; Decio, a través de un edicto en el año 250, cita al tribunal a todos los cristianos a fin de que sacrifiquen a los dioses romanos o al menos arrojen un pequeño grano de incienso al brasero de las deidades; quien se negara sería condenado a la esclavitud en las minas, quitándoles su ciudadanía y despojándolos de su patrimonio o incluso siendo sometidos a tormentos especiales para obligarlos a la acción sacrificial.

Procesos, diálogos y martirio

Es en este contexto donde santa Águeda padecerá el martirio, pues el Senador Quintianus, gobernador de Sicilia, a cuya jurisdicción estaba Catania, quedando prendado de su belleza la quiso conquistar y siendo rechazado por la santa, la acusó de ser una mujer malvada y fue llevada al tribunal para que ofreciera su sacrificio a los dioses, ante lo cual, negándose,  ratificó su consagración a Jesucristo y se preparó para el martirio. Quintianus la envió a Afrodisia, quien poseía un centro de prostitución, donde pasó treinta días sufriendo en su sensibilidad, pero fue milagrosamente salvada de ser ultrajada conservando su pureza y virginidad. Lleno de indignación, el senador la mandó llamar e increpó ásperamente:

«Pero tú, ¿de qué casta eres?» «Aunque soy de familia noble y rica, le contesta, mi alegría es ser sierva y esclava de Jesucristo». Quintianus trató de persuadirla apelando tanto a su hermosura como a los castigos y a la vergüenza de su noble familia en caso de continuar en su postura:

«¿No comprendes, le insinúa, cuán ventajoso sería para ti el librarte de los suplicios?»

«Tú sí que tienes que mudar de vida, le responde, si quieres librarte de los tormentos eternos.»

Quintianus entonces la mandó a azotar y ordenó le quemaran y cortaran de raíz sus inmaculados senos, mientras ella decía: «¡Cruel tirano! ¿no te da vergüenza torturar en una mujer el mismo seno con el que de niño te alimentaste?». Herida y llena de dolor fue arrojada al calabozo, donde a media noche tuvo la visita de un venerable anciano, que le dijo:

«El mismo Jesucristo me ha enviado para que te sane en su nombre. Yo soy Pedro, el apóstol del Señor». Agueda quedando curada, da gracias a Dios y le pide se le conceda la corona del martirio. Lejos de reconocer el milagro, el gobernador enfurecido preguntó: «¿Quién se ha atrevido a curarte?» «Jesucristo, Hijo de Dios vivo» respondió; a lo cual el gobernador replicó: «¿Aún pronuncias el nombre de tu Cristo?» Y respondió Águeda: «No puedo callar el nombre de Aquel que estoy invocando dentro de mi corazón.»

Quintianus, preparó entonces una hoguera y extendió sobre las brasas el cuerpo desnudo de la Santa; de pronto un espantoso terremoto azotó la ciudad muriendo algunos amigos del gobernador, quien ordenó la alejaran de su presencia; la regresaron nuevamente al calabozo, pero a ese punto estaba ya cerca de expirar; al entrar balbuceó su última oración: «Gracias te doy, Señor y Dios mío», y entregó su alma en la paz de su Señor. La grandeza de su testimonio se extendió a través del culto en muchos templos construidos en su nombre.

Patronazgo

Un año después de su muerte, en el 252, se atribuyó a su mediación el milagro de detener a las puertas de la ciudad la lava del volcán Etna, que hizo erupción ese año, desde entonces es patrona de Sicilia y de Catania y es invocada para prevenir los daños del fuego, rayos y volcanes. Fue nombrada patrona de la mujeres y, hasta hoy en día, muchas mujeres piadosas conservan el testimonio de haber sido asistidas favorablemente, por su intercesión, en casos de cáncer de mama u otros males de los senos, partos difíciles e incluso problemas de lactancia, es también patrona de las enfermeras y se le representa con la palma del martirio y los senos en una bandeja.

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