San Jerónimo: el Amigo, Maestro y Doctor

Un acercamiento a la personalidad de un Padre y Doctor de la Iglesia a través de su Epistolario

San Jerónimo nace en el año 347. Hacia el 360, comenzó sus estudios de gramática y retórica en Roma, donde adquirió los conocimientos de literatura y lengua latina. En este período escolar comenzó su amistad con Rufino, con quien, después de conocer los círculos monásticos, compartiría, un estilo de vida ascética. En el 368 fue bautizado en Roma y se convirtió, en plena juventud, en un funcionario público, carrera que le duraría no más de 2 años, pues en el 370 decide vivir en Aquileya, junto a Rufino una vida dedicada al ascetismo y al cultivo intelectual. Tras disolverse la comunidad de Aquileya, el 371 se dirigió a Constantinopla y fue acogido por Evagrio futuro obispo de Antioquía, de aquí se aisló en el desierto de Calcis a una vida como eremita, justo aquí comenzó su Epistolario. En Antioquía cultivaría sus conocimientos de griego y hebreo, poniendo las bases de su carisma y su obra como traductor. Entre el 377-380, vive la gran experiencia de su vida a través de un sueño que le hizo volverse a los textos sagrados; al escuchar, en dicho sueño, el gran reclamo del juez universal: “Tú eres un ciceroniano, no un cristiano; donde está tu tesoro, allí está tu corazón (Mt 6,21) [Ep. 22,30].

El conjunto de sus escritos pueden agruparse en tres grandes bloques:

  1. PRIMERAS TRADUCCIONES. Gracias a su asiduidad en el estudio de las Escrituras, entre el 382-385, logró escribir sus primeras traducciones bíblicas.
  2. SU OBRA: UNO DE LOS MÁS ANTIGUOS MANUALES DE PATROLOGÍA. “De Viris illustribus”. Tentado por la historiografía desarrolla un catálogo de 135 autores cristianos desde el apóstol Pablo hasta el mismo Jerónimo; empalmándola con la obra de Suetonio (historiógrafo pagano) del mismo nombre (+70), que contenía una biografía de emperadores y escritores romanos ilustres. De este modo, Jerónimo se suma a la lucha por superar el antiguo prejuicio pagano de que la religión cristiana era acogida sobre todo por personas incultas y poco intelectuales.
  3. SU EPISTOLARIO. A partir del 371 y de ahí a lo largo de su vida, desarrolla su epistolario, conformado por 154 cartas, de las cuales 120 son de su propia pluma y 34 cartas dirigidas a él. Muy pocas han sido puestas en tela de juicio en su autenticidad.

El Epistolario de San Jerónimo

45 años de actividad epistolar dan testimonio del progreso de maduración del autor. La escritura de sus primeras cartas comienzan entre el 374 y 375, desarrollándose todo un epistolario que culminará con su muerte el 30 de septiembre de 420. Su epistolario presenta un proceso gradual de la propia maduración de Jerónimo como cristiano, como maestro y Doctor de la Iglesia.

Su correspondencia epistolar podríamos agruparla en 3 etapas:

  1. Cartas del desierto. Primeras 18. Son cartas de amistad ante la soledad.
  2. Cartas desde Roma. Del afecto a la racionalidad del intelecto del maestro.
  3. Cartas desde Belén. Es el período más rico y corresponde a la etapa de su más profunda madurez cristiana y de su más vivo magisterio o apostolado epistolar.

Primer Período: Cartas del desierto

Jerónimo se encuentra en el inicio de una nueva vida: el desierto; donde se evidencia una soledad que, aunque disfrutada y sufrida, no quita la necesidad apremiante de la amistad y de comunicación. Es un período donde toda manifestación de afecto es valorada, aceptada y correspondida por Jerónimo a través de la respuesta. En esta primera etapa sus cartas se presentan llenas de afecto, exaltando la belleza de la amistad y expresando abiertamente su necesidad del calor fraternal. He aquí algunas muestras de dichos contenidos:

Siempre que los signos trazados por mano conocida me traen a la memoria los rostros de personas queridas, me parece no estar yo aquí, o que ustedes están aquí junto a mí; y mientras les escribo esta carta me parece que los estoy viendo. […] Desde que llegó su carta hablo con ella, la abrazo y ella habla conmigo, porque aquí sólo ella sabe latín.

[Carta 7,2]

Hasta mi morada del desierto, en la parte de Siria que limita con la región de los sarracenos, me han traído una carta de tu dilección; que ni el tiempo ni la distancia de los lugares rompan esta amistad nacida en nosotros y a la que da consistencia el amor de Cristo. Confirmémosla con recíprocas cartas que corran el uno al otro, se crucen por el camino y hablen de nosotros.

[Carta 5,1]

Segundo Período: en Roma, el intelectual y maestro

Un cambio perceptible en el tono y los contenidos de este período muestran el nacimiento del maestro, donde al afecto va ganando la racionalidad del intelecto. Es bueno aclarar que en esta época la correspondencia epistolar de Jerónimo ya no tiene destinatarios lejanos, la mayoría vive en Roma donde él se encuentra; esta puede ser la razón de su claro enfoque didáctico.

Algunas cartas están dirigidas a personas cultivadas por Jerónimo, interesadas por sus enseñanzas en el ámbito bíblico y en la vida monacal; otras son respuestas a preguntas hechas por sus seguidores; es aquí donde la acción educadora del género epistolar toca la correspondencia de nuestro santo. Una de las cartas más populares de esta etapa es la epístola 22, dirigida a Eustoquia, en ella busca  trazar una guía práctica para una virgen consagrada.

La esencia de la virginidad cristiana consagrada estará en “la huida de la tierra de los Caldeos”, es decir de los demonios de la sociedad, para “disfrutar de los bienes del Señor, en la tierra de los vivientes”; señala, a su vez, las luchas a afrontar en dicha “huida”.

En esta carta Jerónimo incluye algunos elementos autobiográficos importantes: su encuentro con los textos sagrados a partir de un sueño, el de su propio juicio, que despertó un profundo interés por el conocimiento de las Escrituras:

Hace ya de ello muchos años por amor del Reino de los cielos me había yo separado de mi casa, padres, hermanos, parientes y, lo que más me costó, de la costumbre de la buena comida y para alistarme en la milicia, había emprendido viaje a Jerusalén. Pero de lo que no podía desprenderme era de la biblioteca que con tanta diligencia y trabajo había reunido en Roma. Desdichado de mí, ayudaba para leer luego a Tulio. Después de las largas vigilias de la noche, después de las lágrimas que el recuerdo de mis pecados pasados me arrancaba de lo hondo de mis entrañas tomaba en las manos de Plauto, y si alguna vez volviendo en mí mismo me ponía a leer un profeta, me repelía su estilo tosco, y no viendo la luz por tener ciegos los ojos pensaba que la culpa no era de los ojos sino del sol.

Mientras así jugaba conmigo la antigua serpiente, a mediados aproximadamente de la cuaresma una fiebre invadió mi cuerpo exhausto deslizándose por la médula, y sin darme tregua ninguna, lo que parece increíble, de tal manera devoró mis pobres miembros que apenas si me tenía ya en los huesos. Ya se preparaban mis exequias, y en mi cuerpo el lado el calor vital del alma sólo palpitaba en un rincón de mi pecho también tibio, cuando, arrebatado súbitamente en el espíritu, fuí arrastrado hasta el tribunal del juez, donde había tanta luz y del resplandor de los asistentes salía tal fulgor que, derribado por tierra no me atrevía levantar los ojos. Interrogado acerca de mi condición, respondí que era cristiano. Pero el que estaba sentado me dijo: «¡Mientes! tú eres ciceroniano, tú no eres cristiano; pues donde está tu tesoro, allí está tu corazón».

Enmudecí al punto y entre los azotes, pues había el juez dado orden de qué se me azotara, me atormentaba aún más el fuego de mi conciencia, considerando dentro de mí aquel versículo: Más en el infierno, ¿quien te alabará?. Pero empecé a gritar y a decir entre gemidos: ¡Ten compasión de mi Señor, ten compasión de mí! Este grito resonaba entre los azotes. Al fin, postrados a los pies del presidente, los asistentes le suplicaban que condediera perdón a mi mocedad y permitiera hacer penitencia por mi error; que ya terminaría yo de cumpir el castigo, si alguna vez en lo sucesivo leía los libros de las letras paganas.

En cuánto a mi punto, puesto en un trance tan terrible, estaba dispuesto a hacer promesas aún mayores. Por eso empecé a jurar y, apelando a su mismo nombre, dije: «¡Señor, si alguna vez tengo libros seculares y los leo, es que he renegado de ti!». Liberado en virtud de este juramento, vuelvo a la tierra, Y en medio de la sorpresa general, abro los ojos que estaban bañados con tal abundancia de lágrimas que con el dolor expresado en ellos, convenció aún a los incrédulos. Aquello no había sido un simple sopor ni uno de sus sueños vacíos con los que somos frecuentemente burlados. Testigo es aquel tribunal ante el que estuve tendido, testigo el juicio que temí, nunca me ocurra que vuelva yo a caer en tal interrogatorio, que salí con la espalda amoratada y sentí los golpes aún después del sueño y que, en adelante, leí con tanto ahínco los libros divinos cuanto no había puesto antes en la lectura de los profanos.

[Epístola 22, a Eustoquia]

Tercer Período: En Belén. Época de madurez epistolar del maestro

La actividad epistolar de san Jerónimo se convierte en un original apostolado y en un importante magisterio. 30 años lo convirtieron en un verdadero corresponsal de todo occidente; sus cartas llegan hasta Roma, las Galias, España e incluso África del norte con un notable intercambio epistolar con san Agustín. Las peregrinaciones a Tierra Santa, se convertían en desencadenantes de nuevas relaciones epistolares, manifestando incluso su apertura, vida social y capacidad de atraer a muchos amigos.

CORRESPONDENCIA ENTRE DOS INTELECTUALES

En el período de las controversias origenistas, la amistad entre Jerónimo y Rufino entró en crisis y terminó de hecho con la ruptura; san Agustín, que sabía de la relación cercana que habían compartido se dirige a san Jerónimo hacia el año 404:

Me siento atravesado por los más duros aguijones del dolor al considerar que entre ustedes, a quienes Dios había satisfecho amplia y generosamente ese mismo anhelo que nosotros abrigamos ahora, para que unidos y compenetrados gustaran las mieles de las Santas Escrituras, se haya podido deslizar un cúmulo de tanta amargura. ¿Cuando pues, y no será de temer lo mismo, y qué hombre estará libre de ello si eso les ha ocurrido a ustedes, que habían depuesto el fardo del mundo y caminaban ligeros en pos del Señor y aún vivían en aquella tierra que el Señor recorrió con sus pies humanos, y en la que saludó diciendo: “Les doy mi paz”? ¡Lástima que no pueda yo encontrarlos juntos en alguna parte! En mi conmoción, en mi sufrimiento, en mi temor me arrojaría yo a sus pies, lloraría con todas mis fueras y les suplicaría con todo mi amor… par que no continúen litigando.

[Epístola 8]

El intercambio epistolar entre Agustín y Jerónimo no tuvo un feliz comienzo pero sí un final de adultos y hermanos, comenzó entre el 394 y 395, cuando Agustín, antes de su consagración episcopal, se dirigió a Jerónimo por primera vez (cf. Epístola 56 = Agustín, epístola 28) con diversas observaciones y sugerencias de su traducción de la Biblia; en una de ellas, le pide señalar los pasajes en los que la traducción latina se aparta de la Septuaginta. La dificultad de entrega de la carta hizo que Agustín diera a Rufino acceso a la carta, cosa que disgustó a Jerónimo, a partir de ahí el intercambio fue esporádico y dificultoso, aunque limado años más tarde purificándose ambos de prejuicios y dedicándose a un intercambio más amistoso, de hermanos y maestros. En su carta 105, Jerónimo escribe a Agustín: “Retiremos de nuestra amistad toda sombra de sospecha y hablemos con el amigo como se debe hablar, es decir, como con otro yo” (403-404). Agustín en años posteriores seguiría consultando a Jerónimo sobre determinados temas relacionados con la exégesis o cuestiones filosóficas, en los que seguirá contando con Jerónimo. Mientras tanto, para Jerónimo, Agustín llegaría a convertirse en el confidente de los momentos difíciles, con él desahoga su preocupación ante la amenaza pelagiana de los últimos años y unirán fuerzas para afrontar esta crisis de tipo doctrinal.

Concluyendo: Las Cartas de Jerónimo cultivan 4 campos básicos

  1. LA AMISTAD.
  2. EXEGÉTICO.
  3. DOGMÁTICO.
  4. ASCÉTICO.

Aunque no siempre será fácil encuadrar alguna carta en un solo ámbito, además, en definitiva, el ingrediente casi habitual de las cartas, para todo lector interesado, siempre será la sorpresa. Por otro lado, de los cuatro ámbitos guarda especial predilección por la vida ascética, a tal grado que para todo guía espiritual, es mas, para todo cristiano, la ascesis será siempre el camino que prepara la unión del hombre con Dios. En Jerónimo ese camino tiene como meta lograr la disposición óptima para una lectura detenida y atenta de la Palabra divina; pues en ella, el cristiano encuentra lo que ningún ser humano puede comunicarle ni revelarle.

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