«Todas las grandes Fiestas tienen su origen en la Natividad de Jesús»

San Juan Crisóstomo

De su Tratado Sobre La Naturaleza Incomprensible De Dios 6,23-24

¡Un día de fiesta ha llegado!, y es la más santa y grandiosa de todas las fiestas. No sería erróneo llamarla «Señora y madre de todos los días festivos». ¿Qué Fiesta es esa? Es el día del nacimiento de Cristo en la carne. Es a partir de este día, que las fiestas de la Epifanía, la Sagrada Pascua, la Ascensión y Pentecostés tuvieron su origen y fundación. Si Cristo, no hubiera nacido en la carne, no habría sido bautizado, ¿qué hubiera sido la Epifanía o Manifestación? Sin la Natividad no hubiera sido crucificado, ¿qué hubiera sido la Pascua? Ni hubiera hecho descender el Espíritu, ¿que hubiera sido Pentecostés?. Por lo tanto, al igual que surgen diferentes ríos de una sola fuente, estas otras fiestas tienen sus inicios en el nacimiento de Cristo.

San Beda el Venerable

«Lo envolvió en pañales»

Sermón 6,4

«Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, por no haber sitio para Él en la posada». Y aquí, hermanos queridísimos, hay que ver la gran condescendencia de nuestro Redentor; aquí cada uno de nosotros en lo más íntimo de su corazón debe decir con el profeta: ¿Qué podré yo dar al Señor por todos los beneficios que me ha hecho? Porque Aquel, en cuyo honor con toda verdad cantamos: «Grande es el Señor y digno de toda alabanza y su grandeza es infinita», ha nacido pequeño para nosotros a fin de convertirnos, renaciendo, de pequeños en grandes, es decir de pecadores en justos. A quien está sentado a la derecha del Padre en el cielo, le faltó un lugar en la posada, para darnos la abundancia de las felices mansiones en la casa de su Padre. El que ha vestido a toda criatura, ya invisible en los cielos, ya visible en este mundo, con los múltiples ornatos que posee en su majestad, según aquello que dice el profeta, revestido de luz como de un manto, ese mismo, al asumir nuestra frágil humanidad, es cubierto con unos pañales con el fin de devolvernos nuestra primitiva vestidura, es decir para reconducirnos en su misericordia a la gracia de la inmortalidad que habíamos recibido en nuestro primer padre.

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